Festivalitis

Aunque la idea de discutir con amigos en torno a una mesa se remonta por lo menos al Banquete de Platón, hay filósofos como Deleuze que emprenden la huida cuando escuchan la palabra “debate”. Sin embargo, hoy hay festivales de filosofía en todas partes. Hace poco lo comenté en un tuit, aludiendo a lo que dice Marina Garcés sobre la filosofía que recupera la calle, y a mi sana envidia por el Festival Barcelona Pensa, que ha pasado de anual a bienal.

No es el primero, claro. En Europa tenemos festivales similares consolidados en Módena (IT) y en Saint Emilion (FR), donde el vino no sé si se avendrá con la veritas pero en fin. También los hay en Hanover (DE) y por supuesto en el Hay Festival (UK), que presume de haber tenido ya 35000 visitantes. Barcelona Pensa tampoco será el último, porque ya ha generado sus secuelas en Málaga y Cartagena, aunque cada festival sea distinto y necesariamente tenga que reinventarse.

A mi tuit Marina respondió con contundencia pero también “Con complicidad, no hace falta festivalizar ni la calle ni la filosofía. Insolencia crítica, insumisión del pensamiento en cada esquina”. A esto respondí que bien, pero no sé si basta con eso; al igual que la música, que tampoco se socializa únicamente en la calle o el conservatorio, la filosofía se socializa de muchas maneras; la festivalización tiene sus riesgos de mercadeo y espectáculo, y por eso nos conviene conocerlos antes, a ser posible de primera mano.

De hecho, la comparación con la música (que también emplea la propia Marina) da bastante juego: la música en partitura o grabación de estudio no puede sustituir al directo. Y los congresos, en su versión especializada o de socialización académica, tampoco llegarán nunca a cubrir toda la experiencia filosófica, pues no llegan a la mayoría de la población, y no me refiero a la población general, sino únicamente a aquella que está interesada por la filosofía (en estos días se suele celebrar el de Filosofía Joven, tradicionalmente organizado por estudiantes, pero es una excepción).

Con el cine pasa lo mismo: no basta con reunir a los especialistas; como el cine, la filosofía es un evento público desde sus inicios, y toda afición necesita su calendario, con sus tiempos de ordinario y sus momenticos de máxima intensidad. Yo no estoy ni a favor ni en contra de los festivales, pero me parecen casi un universal antropológico: alguna necesidad profunda deben cubrir para que estén por todas partes. Así que mejor participar en ellos o, mejor aún, organizarlos: eso es lo que vamos a intentar en Donostia en noviembre. Entre la calle y la academia, el banquete y el combate de la filosofía.

 

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