Cultura en las relaciones, identidades en transición

De las muchas maneras de hacer ética en la universidad, la mía tiene que ver con la concreción de formas de vida más que con el análisis del lenguaje y la experiencia moral, o con la síntesis de principios abstractos para la guiar la acción. En ese sentido, para mí hacer ética aplicada es imaginar formas de vida buena y ponerlas en práctica. No tanto como utopías más o menos realizables, que suelen ser proyectos a gran escala, sino como experimentos en lugares familiares, en el terreno acotado de una profesión, una afición o un oficio, de una praxis. Y esto que vengo haciendo en los últimos años lo considero una forma de hacer ética mediante la investigación-acción, entendida como la cocreación, implementación y evaluación de iniciativas surgidas a partir de las personas interesadas (stakeholders) con el fin de mejorar algún aspecto de sus vidas en una comunidad en particular.

En Una casa en Walden presento a Thoreau como exponente de esa tradición experimental en ética. Como dejó escrito en Walden, lo que más le animaba en Walden era comprobar el hecho de nuestra

“incuestionable habilidad para mejorar la vida por medio del esfuerzo consciente […] esculpir o pintar la atmósfera, el medio a través del cual nos miramos, que es lo que podemos hacer moralmente. Influir en la calidad del día: esa es la más elevada de las artes.”

Aquí Thoreau dice varias cosas: que la vida humana es mejorable, que lo es gracias a ciertas virtudes intelectuales y morales (el pensamiento y el esfuerzo), y que eso es un arte, no una ciencia exacta ni una gracia divina. Y no es un arte trivial o superfluo, sino el arte supremo, el más necesario en los tiempos que corren, pues vivimos momentos cada vez más oscuros para la humanidad.

Utilizando una expresión de Jorge Riechmann, para salir bien de este Siglo de la Gran Prueba lo primero es superar la fase de negación y trabajar desde la cultura contemporánea, ese “medio a través del cual nos miramos”. “Lo que pensemos de nosotros mismos,” dice Thoreau, “eso es lo que determina, o más bien indica, nuestro destino. Autoemancipación también en las Américas de la fantasía y la imaginación”.

Para la cultura contemporánea es crucial el trabajo artístico e identitario, ese trabajo emancipatorio “de la fantasía y la imaginación” en términos de Walden. Configurar una identidad en tiempos de transición ecológica es clave porque, como dice Thoreau, lo que pensemos de nosotros mismos va a condicionar el resultado. ¿Y qué pensamos? El diagnóstico de Thoreau en Walden es que la mayoría vive vidas de silenciosa desesperación. Ante eso, que fue escrito en el XIX pero parece aún más cierto ahora en el XXI, quisiera recordar el final del que para mí es el mejor libro de ética del siglo XX, Tras la virtud, de Alasdair MacIntyre:

“Lo que importa ahora es la construcción de formas locales de comunidad, dentro de las cuales la civilidad, la vida moral y la vida intelectual puedan sostenerse a través de las nuevas edades oscuras que caen ya sobre nosotros. Y si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir a los horrores de las edades oscuras pasadas, no estamos enteramente faltos de esperanza. Sin embargo, en nuestra época los bárbaros no esperan al otro lado de las fronteras, sino que llevan gobernándonos hace algún tiempo. Y nuestra falta de conciencia de ello constituye parte de nuestra difícil situación.”

Aunque la situación es difícil no es desesperada porque aún sobrevive la tradición de las virtudes de la que habla MacIntyre. ¿Dónde? Entre otros lugares, mi hipótesis es que se encuentra latente en algunos recovecos de las universidades y la cultura. Todavía hoy hablamos de “virtuosos” de la música o de las matemáticas; todavía hablamos de la “comunidad” académica, una comunidad articulada en torno a los fines o bienes de generación, transmisión y difusión del conocimiento. Las virtudes emergen de las prácticas y esta de la interacción en pos de ciertos bienes que no se pueden adquirir en solitario. Sin relaciones ni actividades no hay virtud. No hay manera de mejorar “la calidad del día” en solitario. Esto lo explica también MacIntyre:

“El hombre nietzscheano, el Über-mensch, el hombre trascendente, encuentra su bien en el aquí y el ahora del mundo social, pero sólo en tanto que dicta su propia ley nueva y su tabla nueva de virtudes. ¿Por qué no encuentra nunca bien objetivo alguno con autoridad sobre él en el mundo social? La respuesta no es difícil: el retrato de Nietzsche deja claro que el trascendente carece de relaciones y de actividades.”

Mi trabajo de gestión, que quisiera concebir también como de investigación-acción, consiste en mejorar la experiencia universitaria de una comunidad concreta (la del campus de Gipuzkoa de la UPV/EHU) mediante actividades de proyección dirigidas a la sociedad en general. En estas actividades la universidad se mezcla con la cultura, especialmente con la que se hace en nuestro entorno más próximo, a menudo de manera inadvertida o insuficientemente reconocida. En ellos nos juntamos regularmente con otras personas para poner en marcha pequeños proyectos creativos y fomentar relaciones inesperadas, fuera del marco académico, activando saberes que habitualmente quedan fuera de la actividad del campus.

Esto que hacemos no es, no quiere ser, cultura como entretenimiento banal. Tampoco cultura como salvación religiosa. Es cultura entendida como autocultivo con otros, como precaria autoconstrucción de lo que somos, moralmente hablando: hábitos y prácticas que, con suerte y trabajo, acaben por cristalizar en virtudes; virtudes que van configurando relatos y con ellos nuestra identidad y nuestro destino. Cultura como campo de cultivo, y a veces campo de batalla.

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