Un andamio para construir valores

Este mes de diciembre colaboraré con un grupo de trabajo formado por profesionales de Osakidetza en una innovadora actividad formativa. A partir de su experiencia y compromiso con los valores de la sociedad guipuzcoana, vamos a adquirir las competencias necesarias para diseñar una intervención mesoética centrada en el Hospital Donostia. Este es el plan que propongo para la primera reunión. Continue reading

Niveles éticos y recogida selectiva en Bristol

Gracias a Jon Umerez, he podido corregir algunas erratas en el artículo de Dilemata, disponible aquí. A propósito de este tema, aquí van unas fotos de Bristol que ilustran cómo es el sistema de recogida de residuo sólido urbano en esta ciudad de 432.500 habitantes, que ha tomado el relevo de Vitoria-Gasteiz, Nantes y Copenhague al recibir el premio Green Cities, que la convertirá en capital verde europea en 2015. Continue reading

50 años de bioética

Aunque el término no estuviera en circulación, muchos sostenemos que esto de la bioética comenzó hace medio siglo, cuando el famoso comité de legos de Seattle. Ya lo hemos mencionado aquí, pero por si acaso recuerdo algunas fechas señaladas (en mi libro Bioética para legos).

  • 1962: Se da a conocer un comité (creado en 1961 en Seattle, estado de Washington) para decidir qué pacientes tenían preferencia para beneficiarse de la entonces reciente máquina de hemodiálisis.
  • 1966: Henry K. Beecher publica un artículo denunciando 22 casos que violaban de alguna forma los criterios éticos básicos en los estudios clínicos con sujetos humanos.
  • 1967: Los primeros trasplantes de corazón plantean el problema de cómo definir la muerte; en 1968 se publican los criterios de Harvard para el cese irreversible de las funciones cerebrales.
  • 1969: Luis Kutner publica un artículo proponiendo el “testamento vital” [living will] para facilitar los derechos de los enfermos terminales a controlar las decisiones que afectan a su cuidado médico.

Land art, land ethics?

Muchos libros de ética ambiental han acabado por serlo de manera involuntaria. Comenzaron como diarios, como el Sand County Almanac de Aldo Leopold, que puso en circulación la “ética de la tierra” en un libro de ensayos y excursiones al aire libre. Y, naturalmente, Leopold seguía la escuela de Henry David Thoreau, el autor de Walden. El libro que nos ocupa aquí pertenece a esta tradición ambientalista accidental o a su pesar, aunque renuncie expresamente al moralismo. De hecho, cuando el autor anota las razones por las que sale a caminar, una de ellas es que “solo por aquí la naturaleza puede regalarme algo insospechado y que no necesita moral” (149).
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¿En qué consiste la identidad moral de una profesión?

¿Cómo afirmar que X es miembro de la profesión Y? Para algunos filósofos, la respuesta depende al menos de dos cosas: para empezar, de las metas, valores o bienes internos que se persiguen. Una persona pertenece a tal profesión si persigue los bienes internos que le son propios, aquellos que sólo pueden surgir de su práctica (otros bienes, como el dinero o el prestigio social, pueden obtenerse de otras maneras, y por eso le son externos) y que dan sentido a esa actividad.

Por ejemplo, alguien será médico en la medida en que persiga los fines que son propios a la medicina; según el Hastings Center, estos son la prevención de enfermedades, la conservación de la salud, el alivio del dolor y el sufrimiento, la atención y curación de los enfermos, y la búsqueda de una muerte tranquila. Al margen de dónde ejerza, de si lleva bata blanca o no, o de quién le pague, si persigue esos fines podemos decir que es médico. Y si no lo hace, que no lo es, o que es un médico corrupto.

Pero eso no es todo; hay un segunda parte de la respuesta. La medicina es una práctica esencialmente social, relacional, y por ello es necesario tener en cuenta un componente intersubjetivo, que nos permite entender la actividad en relación no ya a cómo la vive el profesional, sino a cómo la viven los otros. O sea, que uno también es tal cosa (médico) en la medida en que otros (pacientes, colegas, autoridades) dicen que lo es. Si las cosas se hacen bien, este componente depende del primero, y el reconocimiento se otorga en función de la persecución de los bienes internos. Si no…

La correo del azar (Wislawa Szymborska in memoriam)

La poesía de Wislawa Szymborska (1923-2012) tiene ingredientes conocidos, entre los que se encuentran la contención, la ironía, la elegancia y una capacidad de asombro tan grande como su potencial para la compasión. Menos sabido hasta ahora era que la poetisa polaca llevaba más de cuarenta años reseñando libros raros en una columna periódica titulada Lektury nadobowiazkowe: esas “lecturas no obligatorias” que componen este libro, y que resultan de obligada lectura para quienes deseen conocer algo mejor el mundo propio de la Nobel de Literatura de 1996 y también el que compartimos con ella.

Más que reseñas críticas, como ella misma advierte, estos más de cien textos son pequeños epílogos o reflexiones suscitadas por la lectura de otros tantos libros de no-ficción, entre los que se encuentran ensayos, historia, biografías, ciencia popular, manuales de hágalo usted mismo, autoayuda,… un variadísimo catálogo de lecturas. La selección nos muestra a Szymborska como una autora especialmente filosófica, no porque le dé por hacer teoría, sino por su uso omnímodo de las ciencias y las artes para poner de relieve “la inmortal obstinación de lo diverso”, como diría Tomás Segovia. De hecho, la autora desconfía en general de las abstracciones y prefiere ir a las cosas mismas; hablando de la interpretación marxista de un cuadro de Vermeer, comenta que “nos parecerá sensata siempre y cuando no miremos al cuadro” (p. 41), y cuando otro libro no le agrada se limita a agradecer al autor “la ilusoria, aunque agradable, impresión de que en Polonia no hay escasez de papel” (110).

Estas prosas nos permiten entender la humildad que sólo se encuentra en los grandes artistas. Así, no le importa reconocer que, tras leer sobre la evolución de los organismos unicelulares a los pluricelulares, no tiene ni idea de “por qué sucedió así y no de otra manera”, y que “todos esos que lo saben, en realidad no lo saben tampoco” (118). Siempre le ha fascinado el azar, hacia el que siente gratitud; al fin y al cabo, todo cuanto “se ha conservado se lo debemos a su generosidad (169-170). Esa humildad también se manifiesta en su irritación para con los que se empeñan en designar a la poesía como algo sublime, “como si esta albergase aún secretos absolutamente inalcanzables para los otros géneros” (122). Szymborska ve con buenos ojos la “seriedad innata” de los acontecimientos naturales (190) y por ello en arte opta por la mesura, por no decir demasiado, porque “el problema de la expresividad es que si te entregas a ella con excesivo entusiasmo es muy difícil parar” (178). Por el contrario, en el teorema de Pitágoras encuentra “esa capacidad de revelar que es propia de la gran poesía, una forma que se reduce magistralmente a las palabras más necesarias” (194).

Como nos recuerda el traductor en su introducción, el de Wislawa Szymborska es un humanismo no antropocéntrico; su compasión no es ñoña ni sentimental. Szymborska detesta los muñecos de cera pero se encuentra a gusto con las momias de cualquier museo; observándolas “con atención, sin repugnancia ni pánico” encuentra en ellas algo “hermoso de una manera provocadora y patética” (170). Pues sólo al mirar las cosas con esa misericordiosa atención es posible verlas sin clichés ni prejuicios.

Finalmente, y en consonancia con toda la obra que conozco de esta autora, el libro es una defensa de la lectura, del placer de la lectura, y también de la lectora: como recuerda el traductor en su introducción, Szymborska “trata de tender un puente entre el autor y el lector”. Wislawa lee porque, desde pequeña, le produce placer “acumular saberes innecesarios” (46). Este hedonismo alimenta tanto su poesía como estos otros textos, nacidos por la curiosidad y el azar. Pues, como dijo en la ceremonia de entrega del Nobel, “el poeta, si es poeta de verdad, siempre tiene que repetirse no sé.”

Wislawa Szymborska 
Lecturas no obligatorias, Traducción de Manel Bellmunt, Barcelona, Alfabia, 2009.
(Reseña publicada originalmente en Koult)